Laura Hojman: «Entiendo los libros como una forma de entender el mundo»

UN ENCUENTRO CON LAURA HOJMAN

“Entiendo los libros como una forma de entender el mundo”

Hace un año, la cineasta sevillana visitó Las Palmas de Gran Canaria para presentar Un hombre libre (2024), su documental sobre el escritor Agustín Gómez Arcos, en el Prólogo de Ibértigo 2025. A las puertas de la 24ª Muestra de Cine Iberoamericano, recuperamos la entrevista que le hicimos entonces, en la que reflexiona sobre la literatura, la memoria, las voces silenciadas y el poder del cine para rescatar del olvido a quienes quedaron al margen de la historia.

La cineasta sevillana Laura Hojman, retratada en su visita a Las Palmas de Gran Canaria. Foto: Gustavo Martín

Rubén Benítez Florido
5 octubre 2025 - LPGC

Laura Hojman (Sevilla, 1981) no puede evitar que se le ilumine la cara al hablar de libros que han sido significativos en su vida. Al principio se trata de algo indefinido y etéreo, pero, a medida que transcurre la conversación, sus palabras adquieren un halo especial, como si de repente tuvieran alas y empezaran a volar.

Esos textos han dejado alguna huella en su vida y en su personalidad, le han marcado de alguna manera: Rubén Darío, Antonio Machado, María Lejárraga y Agustín Gómez Arcos son los creadores diseccionados en su obra. La elección de personalidades del ámbito literario representa, en sí mismo, un acto de reivindicación y de rebeldía, una decidida voluntad de (auto)afirmación: literatura en los márgenes, lejos de modas y del canon hegemónico.

Sus documentales tienen un tono reflexivo, un ritmo lento y un formato conversacional que parecen contradecir los ritmos de la actualidad. En medio de contextos cada vez más polarizados que fomentan el ruido, las estridencias o el sensacionalismo, sus retratos literarios constituyen un oasis de conocimiento y de tranquilidad, un mensaje transparente y sin rodeos.

Cuando le preguntamos si no le preocupa quedarse desplazada de las tendencias actuales, esboza una sonrisa, se encoje de hombros y defiende su actitud. No puede ni quiere convertirse en otra persona diferente a la que es, cambiar su mirada por otra más comercial o publicitaria, hacer un cine que la sitúe en el “mapa”. Únicamente pretende recuperar el papel de la literatura como elemento iluminador y curativo: el mero poder de la palabra.

Su cine es utilizado por los profesores en las aulas y perfila nuevos lectores al poner el foco sobre algunos creadores que han sido silenciados (María Lejárraga), exiliados (Antonio Machado, Agustín Gómez Arcos) o parcialmente reconocidos (Rubén Darío). Su filmografía constituye un testimonio de ese encuentro, único e irrepetible, entre los libros y una lectora-directora que desea comunicar su hallazgo a los demás. Como mensajes arrojados al mar. 

-Hasta ahora sus documentales han tratado sobre personalidades del ámbito literario. ¿De dónde procede esa pasión por el mundo de la literatura?

-Desde que era pequeña he sido lectora, aunque el proyecto de hacer documentales sobre autores literarios no fue algo premeditado. Entiendo los libros como una forma de entender el mundo que nos rodea. Y los autores literarios me sirven como vehículo para hablar sobre temas que los trascienden. Más allá del autor en cuestión, cada uno de mis documentales es una trama diferente.   

-Si buscásemos un hilo conductor a su filmografía, ¿cuál sería el que conecta a Rubén Darío, Antonio Machado, María Lejárraga y Agustín Gómez Arcos?

-Agustín Gómez Arcos decía algo con lo que me siento muy identificada: él siempre elegía a sus personajes entre las víctimas, porque le gustaba otorgarles un cierto sabor de victoria, aunque fuese a través de la literatura. Y a mí me pasa lo mismo: nunca elijo historias de vencedores o de triunfadores, sino de perdedores o de vencidos que tienen cosas que contarnos sobre nosotros mismos. Lo que trato de hacer es una reconstrucción de nuestro país a través de estos personajes. 

Laura Hojman, durante la entrevista con la Asociación de cine Vértigo. Foto: Gustavo Martín

-¿Qué le aporta indagar en las vidas de escritores a priori tan diferentes y de épocas distintas?

-Los días azules [Antonio Machado. Los días azules, 2020] nace de Tierras solares [2018, sobre Rubén Darío]. Parte de ese momento en el que Rubén Darío llega a España y despierta la vocación poética de todos esos jóvenes autores, como los hermanos Machado, y les enseña que la poesía puede ser vitalista, sensual, fresca, rompedora, etc. En ese instante me di cuenta de que tenía que hacer un documental sobre Antonio Machado. Luego me planteé llevar al cine lo que representa Antonio Machado para mí: un símbolo de la memoria y de un proyecto truncado. También me di cuenta de que a través de su figura se puede describir una época de nuestro país.   

»María Lejárraga [A las mujeres de España. María Lejárraga, 2022] es una continuación de Tierras solares, porque también habla de ese proyecto truncado, pero desde el punto de vista de las mujeres. Obviamente, el contexto fue terrible para todos, pero fue mucho más terrible para las mujeres, porque perdieron los derechos que habían adquirido anteriormente y desaparecieron de la memoria colectiva. Por último, Agustín Gómez Arcos [Un hombre libre. Agustín Gómez Arcos, 2024], lo considero igualmente una continuación de María Lejárraga, porque también habla desde la disidencia: sexual, identitaria, de género, política, etc. Cada una en su contexto, para mí representan todas esas voces que quedaron fuera de la construcción de nuestro relato, de una identidad que deberíamos haber construido como sociedad. 

-¿Se podría decir que le atrae la literatura escrita “en” o “desde” los márgenes?

-Totalmente. Pero no solo la literatura, sino cualquier cosa que se encuentre en los márgenes. Me interesan todas las voces que la Historia ha condenado al olvido. Me interesan mucho los silencios, lo que pueden contarnos de nosotros mismos, y ese lado escondido o sepultado bajo tierra. Posiblemente me interese porque se trata de algo que también me afecta directamente: trabajo en una profesión muy masculinizada.

»Se me ha dicho desde muy pequeña que mi voz o que mi forma de estar en el mundo no era la universal, sino un epígrafe. Todavía se habla del “cine de mujeres”, de la “literatura de mujeres”, del “punto de vista de las mujeres”, como si no fuéramos la mitad de la humanidad. Creo que es una forma de reivindicarme a mí misma y a todas las mujeres a través de estas historias. Me llama la atención todo lo que la Historia decide que no es hegemónico o que se encuentra en los márgenes.   

-¿Podría decirse que trata de recuperar o de rehabilitar a esos autores?

-Claro. Recuerdo cuando estaba escribiendo el documental sobre María Lejárraga que tenía que explicar constantemente quién era ella. Con excepción de ciertos círculos académicos, la mayoría no sabía quién era. Después de hacer el documental me ha pasado una cosa maravillosa: de repente María Lejárraga existe y hasta ha conseguido entrar en los libros de texto. Incluso la Biblioteca Nacional le dedicó una exposición. Es una de las cosas más increíbles que me ha pasado en mi vida profesional, y tiene que ver con el poder que tenemos aquellos que nos dedicamos a contar historias (desde el cine, la literatura, el periodismo o cualquier otro ámbito de la cultura): es el hecho de dar vida, de dotar de existencia cuando nombramos las cosas. Cuando le damos un relato a algo, hacemos que ese algo exista entre nosotros.    

-En sus documentales mezcla las opiniones personales con datos objetivos sobre la vida y la obra del biografiado. ¿Qué le aportan los testimonios directos? ¿Qué busca en ellos?

-Nunca entiendo el documental como una simple biografía. Huyo de la figura del especialista porque diferencio muy bien un trabajo académico de una película. En mi película sé muy bien cuál es la historia que quiero contar y sé que no es una tesis doctoral. Suelo elegir personas que me ayuden a construir el relato que está en mi guion y, sobre todo, personas que hablen con pasión. También suelo huir un poco de las familias de los biografiados, porque no me interesa la intimidad.   

Laura Hojman presenta “Un hombre libre” en el Prólogo de Ibértigo 2025. Foto: Gustavo Martín

-¿Parte de un guion y luego busca los testimonios? ¿O parte de los testimonios y luego escribe un guion?

-Siempre parto de un guion y luego busco los testimonios. Además, parto de un guion literario bastante completo y no me suelo apartar de él. Es cierto que el guion de un documental es algo vivo y que siempre está abierto hasta que montas el último plano, pero parto de un guion previo para saber adónde quiero ir.

-¿Cómo logra montar todas esas intervenciones para darle unidad y coherencia al discurso? ¿Cómo consigue intercalar esos testimonios con la información más objetiva sobre el biografiado?

-Es dificilísimo, pero también es la parte que más disfruto, junto con la escritura del guion. Todos mis documentales los he montado yo misma, salvo este último, Un hombre libre, en el que me ha ayudado Mercedes Cantero. Hemos trabajado juntas, codo con codo, porque considero que el montaje es también guion, y como guionista no me puedo desvincular del proceso de montaje. Creo que Un hombre libre ha sido el documental más difícil de montar de mi trayectoria. Me encanta ese proceso en el que tienes un puzle, horas y horas de metraje, y necesitas dar forma a esa historia que hay en tu cabeza. 

-Al ser un autor más actual, este documental ha contado con mucho material de archivo (como entrevistas en programas de televisión) que no tenía en los casos anteriores. Lidiar con esa cantidad ingente de material, ¿ha supuesto un problema o una ayuda adicional?

-Creo que no ha sido un problema, sino que me ha dado la vida. En los casos anteriores, el hecho de no tener ningún material de archivo complicaba las cosas, porque tenías que reconstruir la voz del biografiado sin ningún testimonio directo. En cambio, contar con la voz de Agustín y tener imágenes suyas, ha sido maravilloso.

»La dificultad ha sido al contrario que en los casos anteriores, es decir, disponer de muchos testimonios. Lo difícil es poder dar a cada testimonio su espacio dentro del documental. Una de las cosas más complicadas es quitar cosas del montaje. Si no lo haces, corres el riesgo de irte por las ramas y de salirte de tu historia. Aunque el material del que dispongas sea muy bueno, tienes que ser fiel a tu historia. Es un trabajo conjunto de guion y de montaje, lo más importante a la hora de hacer un documental.

-¿Alguna diferencia más respecto a sus documentales anteriores? 

-Antes que la abundancia de material, en el caso de Agustín la dificultad residía en que es un personaje mucho más difícil de contar que los anteriores, con una historia de resentimiento y de odio que teníamos que reflejar. No es un personaje cómodo ni amable, y este es un lugar desde el que yo no estoy acostumbrada a contar. En mis documentales siempre hay algo luminoso, pero en este no es así. Corrijo: sí que hay algo luminoso, pero desde un fondo muy oscuro. Corríamos el riesgo de que Agustín le cayera mal al espectador.    

-El tono de su filmografía es reposado, lírico, sin estridencias. ¿Le preocupa el hecho de ir contra la corriente imperante?

-Tengo muy claro que poseo una forma de contar, una mirada y una voz propia. No las voy a cambiar, aunque no estén de moda. Por otro lado, mis documentales tienen espectadores y usos muy diversos. Por ejemplo, los suelen poner los profesores de literatura a sus alumnos. Es algo que me hace muchísima ilusión.  

-¿Lo reivindica como una especie de “marca autoral”?

-No sé si “reivindicar” es la palabra adecuada. Simplemente forma parte de mi lenguaje, de mi mirada, de mi narrativa. Es cierto que ese “tono” del que hablas a veces perjudica según el tipo de festival, pero no puedo transformarme en otra persona, con otra mirada, únicamente por adaptarme a las exigencias del mercado. Por otro lado, mis trabajos tienen esa forma un poco “militante”, si quieres llamarla así, porque vivimos en una sociedad hiperactiva, hiperproductiva y sobreestimulada que nos está enfermando a todos. Conscientemente, como parte de mis objetivos, con cada uno de mis documentales intento decir algo así como “un momento, vamos a parar y a escuchar”. Creo que en esa pausa, en esos silencios y en esa calma: son los únicos lugares en los que pueden surgir el pensamiento y la reflexión. Vivimos en una sociedad que los expulsa y casi no los permite.     

Presentación de “Un hombre libre” de Laura Hojman en el CICCA. Foto: Gustavo Martín

-¿Qué le aporta las imágenes de la naturaleza en sus documentales?

-Es un elemento que me interesa mucho narrativamente, porque soy observadora y porque puede contarnos muchas cosas distintas. En cada uno de los documentales tiene un sentido distinto. Por ejemplo, en el de María Lejárraga estaba la presencia de las semillas, a su vez relacionada con esa idea de la memoria borrada de las mujeres, pero que décadas después nosotras podemos recoger y podemos hacer que broten de nuevo: es la idea de una naturaleza que se renueva. En el de Rubén Darío [Tierras solares], era la luz, tanto física como emocional, que me inspiraron esos constantes viajes del autor. Recuerdo que uno de los primeros sitios que él visita es Málaga. Me imaginaba siempre los cuadros de Sorolla cuando Darío cuenta esos paseos por la playa y eso es lo que traté que recrear en el documental. La fotografía y el vestuario están inspirados claramente en Sorolla.  

»En el de Agustín Gómez Arcos es el desierto (de Tabernas), que tiene el valor simbólico de esa España silenciosa, callada, casi yerma, donde no puede surgir la vida porque está cubierta de silencio, pero que al final cambia de sentido y se convierte en un lugar donde sí puede brotar la vida. Entonces aparecen esos animales extraños en los créditos: animales salvajes que simbolizan ese momento en el que usamos la palabra y aparece la vida.

-¿Y en el de Antonio Machado?

-En el documental sobre Antonio Machado eran las plantas, los árboles (limoneros), el jardín, el patio, el cielo azul, etc. La idea era recrear el jardín de su infancia que acompaña como un paraíso perdido siempre a lo largo de su obra.

-Otro rasgo muy característico son las declamaciones de textos pertenecientes a la persona biografiada.

-Creo que no tiene sentido hacer un documental sobre un autor si no lo escuchamos. Es importante escucharlo y darle el protagonismo a su obra, a lo que escribía y a sus palabras. También intento que esté bien recitado. En el caso de los poemas, me gusta mucho cómo declama Pedro Casablanc. A Rubén Darío y a Antonio Machado se les suele recitar muy mal, de forma muy exagerada y antigua. Intentamos quitar artificio y quedarnos con la esencia.

»En el caso de María Lejárraga, la encargada de declamar fue Kity Mánver. Fue muy importante encontrar la voz de María Lejárraga, que transmitiera toda esa potencia política que hay en su discurso, pero que está contada desde un lugar absolutamente bello y luminoso. Lograr ese contraste era una parte muy importante del documental. Y con Agustín Gómez Arcos tenía muy claro que quería a Marisol Membrillo, una actriz cordobesa, porque su voz tiene muchos elementos que están en la obra de Agustín: me transmite todos esos matices de fuerza y de fuego.

-Y sin embargo hay diferencias, porque con Pedro Casablanc era una voz en off y en este último caso es en plano...

- Quería prescindir de esa voz en off e incluir una mirada directa a la cámara. Había algo en este documental que era distinto respecto a los anteriores y que me gustaba. Aquí Marisol no está haciendo la voz de Agustín Gómez Arcos. Ya teníamos la voz de Agustín en archivo, algo que no tenía en el caso de los otros. Pero al mismo tiempo quería que parte de sus textos y de sus novelas se escucharan en el documental. Entonces me pareció interesante la idea de que una persona los leyera sentada en un espacio muy sencillo y sin más artificio, con el libro en la mano. Los textos de Agustín Gómez Arcos tienen una fuerza que no les hace falta taparlos con ninguna imagen, simplemente la presencia de una persona leyendo. Cualquier elemento añadido sería invasivo.

-¿Se ha planteado en alguna ocasión dirigir un largometraje de ficción? ¿Qué retos le supondría?

-De hecho estoy escribiendo ficción en estos momentos.

-¿Y qué diferencias nota respecto al proceso de elaboración de un documental?

-Realmente no hay tanta diferencia. Creo que los límites entre la ficción y el documental están cada vez menos claros. Quizá antiguamente se había una diferencia más clara, porque se consideraba que el cine documental no lo era tanto. Pero hoy en día, cuando hablo de un documental, hablo de cine y hablo de una película. Muchas veces me preguntan cuándo voy a hacer una película, y yo les respondo que ya he hecho cuatro. Porque el documental es cine. La única diferencia radica quizás en la creación de personajes y de diálogos. También que a nivel de producción el documental es un poco más abarcable, todo más pequeñito, pero en la sustancia y en lo narrativo no sé si están tan alejados.

Laura Hojman, acompañada del cineasta canario Dailo Barco, en un momento de la presentación. Foto: Gustavo Martín

-¿Cómo siente más libertad a la hora de crear: en el documental o en la ficción?

-Creo que el documental precisamente te da más libertad. Tal y como lo abordo, el documental me parece un género muy libre, que te permite contar tantas cosas desde muchos puntos de vistas diferentes. Es cierto que en el documental trabajamos con la realidad, y que además la realidad es impredecible, pero al mismo tiempo es un proceso que está mucho más vivo que la ficción. Tengo muchos amigos y compañeros que hacen ficción y les aterra hacer documental. Cuando haces ficción tienes todo claro, hay un guión, los actores tienen que interpretar lo que está escrito, etc. Pero cuando estás rodando documental la historia está cambiando. A lo mejor, la persona que tú pensabas que te iba a contar algo, al final no lo hace, pero te cuenta otra cosa. O vas a una localización donde pensabas que te ibas a encontrar algo, pero te encuentras otra cosa, y de repente piensas que eso no lo puedes tirar, que puedes construir desde ahí. El documental está vivo siempre. Es muy abierto. Y muy complicado también. Estás continuamente creando y, hasta que no has montado el último plano, esa película está cambiando constantemente.

»Además, sobre un mismo tema, cada persona puede abordarlo desde muchas perspectivas diferentes. Podemos contar mil historias distintas. Estoy segura que si otra persona coge a María Alejárraga, a Antonio Machado o a Agustín Gómez Arcos, podría hacer un montón de películas diferentes, porque lo interesante es dónde te sitúas como creador y desde dónde cuentas la historia, cuál es tu mirada, cuál es tu posición ante esa historia.

-Supongo que la selección misma de los textos de un autor conduce hacia un lado o hacia otro…

-Totalmente. Puedes coger entre toda la extensa obra de esos autores. Puedes tirar hacia un montón de caminos alternativos y saldrían películas diferentes en cada caso.

-Además de guionista y directora, usted también es productora. ¿Cómo concilia todos estos roles?

-En verdad me hice productora por necesidad. No ha sido nada vocacional: todo tiene su parte buena y su parte mala. La parte buena es que tengo el control de mi obra. También he trabajado para otras productoras, he trabajado como guionista para otros directores y he hecho de productora para las películas de mi socio, Guillermo Rojas, pero el hecho de ser tu propia productora, guionista y directora me otorga el control creativo. Por ejemplo, no tengo ningún productor por encima diciendo: “cambia esto”. Por otra parte, tengo el control sobre la obra terminada. Es decir, la obra me pertenece y esto me proporciona mucha libertad creativa.

-¿Considera que la sociedad española es cicatera con sus escritores o con las personalidades del mundo de la cultura?

-Obviamente sí, con algunos más que con otros. Con Agustín Gómez Arcos, evidentemente. Con María Lejárraga y con todas las mujeres de su generación, también. Como te decía antes, creo que he elegido personajes a los que les faltaba que le hicieran un poco de justicia en nuestra sociedad o que se reescribiera su relato de alguna forma. Quizá Rubén Darío el que menos, porque para mí Los Días Azules, María Lejárraga y Un Hombre Libre son casi como una “trilogía de la memoria”. He querido darles un poco la vuelta a los relatos que tenían estos personajes.

»Antonio Maestre lo expresa muy bien cuando dice que en este país no se quiere mirar, no ha hecho un ejercicio de examinar sus heridas abiertas para sanarlas. En la Transición se hizo un “borrón y cuenta nueva”, se puso un parche encima de esas heridas, como si nada hubiese pasado, pero esas heridas continúan supurando. Se trató de un momento en que se estaba reconstruyendo un país, pero no sobre la memoria. Hicimos como si nada hubiese pasado. Es evidente que esto genera incomodidad en ciertos sectores, puesto que no hemos hecho ese ejercicio todavía.  

Laura Hojman en un instante del coloquio posterior a la proyección de “Un hombre libre”, con Dailo Barco y Rubén Benítez (ACV). Foto: Gustavo Martín

-A propósito de esto último, ¿alguna vez se ha autocensurado en sus documentales? ¿Ha tenido la sensación de haber eliminado algo de ellos que debía haber dejado para no molestar o para no abrir demasiado las heridas?

- No. No tendría sentido haber creado mi propia productora para luego autocensurarme. Viva el cine independiente (risas), que nos lleva por el camino de la pobreza, pero nos permite que nadie nos censure. Al ser un proyecto autoproducido, tampoco tendría sentido pensar algo como “esto no lo voy a poner, porque nadie me lo va a comprar”.

-¿Y censura a secas, digamos, del exterior?

Claro que sí, pero como les pasa a todos. Por ejemplo, cuando trabajaba como guionista para algún proyecto por encargo. Tú siempre intentas proteger y defender tu mirada, pero cuando no eres el productor, no te queda más remedio que adaptarte a las circunstancias. 

-Centrémonos ahora en su último documental, Un hombre libre. ¿Cómo supo de la obra de Agustín Gómez Arcos? ¿Qué le transmitió?

-En ese momento acababa de estrenar Los días azules y estaba escribiendo el guion de María Lejárraga. Pensaba que con esta última iba a cambiar de tercio y a dejar de interesarme por autores literarios. Pero en ese momento una compañera y periodista me habla de Agustín Gómez Arcos. Entonces me compro El cordero carnívoro, que es el primer libro suyo que leí, y me explota la cabeza. Seguí leyendo libros suyos. Llegó un momento en el que me di cuenta de que ahí había una historia que iba mucho más allá de la reivindicación del autor, que estaban todos los temas que me interesan: la memoria, las voces que han sido expulsadas y apartadas, el silencio, etc. Así que no tuve más remedio que tragarme mis palabras (risas) y me puse a escribirlo.   

-¿Qué fue lo que más le llamó la atención de su lectura?

-Yo nunca había leído algo así. El cordero carnívoro es un libro radical incluso hoy en día, que te remueve, escrito desde una libertad difícil de entender en la actualidad. Pero, al mismo tiempo, escrito desde una poética única. Mi primera impresión fue preguntarme dónde estaba este autor. Me pareció que tenía todos los elementos que me interesan de una buena historia, muy relacionada con el tipo de cine que hago.    

-¿La figura de Agustín Gómez Arcos es lo suficientemente diferente a las anteriores como para sentir que empezaba de nuevo, o se puede establecer una continuidad entre este y los anteriores?

-Siempre empiezo de nuevo. Para mí no tiene sentido repetir la misma fórmula. Este personaje, Agustín Gómez Arcos, tenía que contarlo desde un lugar absolutamente distinto al de mis otros documentales. Se trataba de salir de un lugar más cómodo y ponerme en un sitio como el resentimiento o la rabia. Obviamente, hay un método que es propio, pero intenté asumir el trabajo con una mirada nueva. 

Laura Hojman posa con Dailo Barco, la presidenta y miembros de la Asociación de cine Vértigo. Foto: Gustavo Martín